El exvicepresidente de Fernando de la Rúa lleva un cuarto de siglo alejado de la política activa. A sus 76 años, desde el bar Varela Varelita, analiza con dureza su propio legado y cuestiona el presente argentino.
A un cuarto de siglo de su histórica dimisión a la vicepresidencia, Carlos “Chacho” Álvarez se mantiene lejos de los micrófonos y de los cargos públicos. Con una salud frágil pero lúcida reflexión, el dirigente del Frepaso pasa gran parte de su tiempo en el bar Varela Varelita, al que considera su segundo hogar. Allí, confiesa sentirse un político del pasado: “Soy del siglo XX, no entiendo nada”, afirma, convencido de que su proyecto terminó en fracaso.
Álvarez reniega de su rol protagónico en los años noventa y de la implosión de la Alianza en 2001. Rechazó incluso la pensión vitalicia de vicepresidente y se castiga por haber “decepcionado a millones de argentinos”. Para él, el Frepaso quedó sepultado entre la corrupción que intentó erradicar y la cooptación de muchos de sus dirigentes por parte del kirchnerismo. En sus análisis, señala tres tabúes del peronismo —la macroeconomía, la inseguridad y la regeneración moral— y sostiene que Argentina necesita recuperar consensos básicos que, según él, se perdieron en 2008.
Su renuncia del 6 de octubre de 2000 sigue siendo la marca indeleble de su trayectoria. Aquella decisión, motivada por las denuncias de sobornos en el Senado, terminó debilitando al gobierno de De la Rúa y acelerando el colapso de la convertibilidad. Desde entonces, se refugió en el bajo perfil, rechazó ser canciller de Néstor Kirchner y solo aceptó un rol institucional en el Mercosur. Hoy, se define como un “personaje de Jurassic Park”, ajeno a la política digital, a los trolls y a las campañas de redes, pero aún obsesionado por entender un presente que observa con desencanto.











