Después de una prolongada retracción que se extendió por 18 meses, la producción industrial argentina alcanzó en abril de 2025 un crecimiento interanual de 8,5 %, consolidando cinco meses consecutivos de expansión y mostrando una recuperación destacada en sectores clave como maquinaria, automóviles y alimentos.

El alza en abril fue impulsada por un 9,6 % más en vehículos y transporte, un 27,6 % en equipo electrónico e instrumentos, y aumentos de hasta 11 % en textiles. A la vez, la industria de alimentos y bebidas creció 7,5 %. En enero, se había observado un salto del 7,1 %, con un fuerte repunte del 18,7 % en la molienda de oleaginosas y un aumento de 10,5 % en productos químicos.

Pese a esta mejoría, la industria atraviesa desafíos persistentes: en 2024 la producción manufacturera cayó 11,6 %, y en el rubro acero la caída fue aún más drástica, con un retroceso del 26 %, reflejando altos costos fiscales, competencia externa y falta de competitividad estructural. El empleo industrial también se resintió, con pérdidas que superaron el 6 % y cierres masivos de pymes manufactureras.

El panorama sectorial es dispar. Mientras que sectores como minería de litio y automotriz reciben inversiones por cientos de millones de dólares y muestran dinamismo, otras ramas tradicionales aún no logran revertir la crisis. El sector automotor, por ejemplo, sufrió una baja del 17,4 % en producción en los primeros ocho meses de 2024, aunque logró atraer inversión extranjera por más de USD 1.000 millones en ese mismo período.

Ante este escenario, el gobierno puso en marcha incentivos como el programa RIGI, con beneficios fiscales y aduaneros para sectores estratégicos como nanotecnología, salud, transporte y energía. También algunas grandes empresas emitieron bonos en dólares para financiarse, señal de que el crédito sigue disponible pero con elevada exposición cambiaria.

En síntesis, aunque la industria argentina logra alejarse del año negro de 2024, la sustentabilidad de su recuperación dependerá de la estabilidad macroeconómica, la competitividad internacional y una profundización de las reformas estructurales que permitan consolidar las señales positivas con inversión, empleo y modernización.

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