La tecnología CRISPR ha revolucionado el mundo de la biología. Esta herramienta permite cortar y editar fragmentos de ADN con una precisión sin precedentes, lo que abre enormes posibilidades para curar enfermedades genéticas, modificar organismos y hasta alterar la evolución humana.

CRISPR (pronunciado «crísper») se basa en un mecanismo natural de defensa bacteriana contra virus. Al adaptarlo al laboratorio, los científicos pueden introducir, eliminar o modificar secuencias específicas del genoma. Esto permite corregir mutaciones responsables de enfermedades como la distrofia muscular, la fibrosis quística o ciertos tipos de cáncer.

Uno de los casos más mediáticos ocurrió en 2018, cuando un científico chino afirmó haber creado los primeros bebés genéticamente modificados. Esto provocó un escándalo internacional y un debate ético sin precedentes sobre los límites de la edición genética en humanos.

Por un lado, CRISPR podría erradicar enfermedades hereditarias y salvar millones de vidas. Pero por otro, también plantea riesgos de manipulación genética con fines no terapéuticos, como mejorar rasgos físicos o intelectuales. Esto lleva a cuestionamientos éticos sobre la equidad, la identidad humana y el consentimiento.

Además, existen preocupaciones técnicas. A pesar de su precisión, CRISPR puede provocar «cortes fuera de objetivo», generando mutaciones inesperadas. Aún se necesita mucha investigación antes de que estas terapias puedan aplicarse de forma segura y generalizada.

La edición genética es uno de los avances más prometedores y controvertidos de nuestro tiempo. Si se usa con responsabilidad, podría cambiar radicalmente la medicina. Pero sin un marco ético y legal sólido, también podría convertirse en una peligrosa caja de Pandora difícil de cerrar.

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