Hoy más que nunca, la salud mental en jóvenes debe ser una prioridad urgente. No es una exageración decir que estamos ante una generación herida, muchas veces silenciada, que carga con presiones enormes en un mundo inestable, hiperconectado pero profundamente solitario. Y sin embargo, se espera que sigan adelante como si nada. Como si sentir estuviera prohibido.
Ansiedad, ataques de pánico, autolesiones, depresión, burnout académico, trastornos alimentarios, pensamientos suicidas: son realidades que miles de adolescentes y jóvenes viven cada día. Y aunque cada historia es única, hay una constante dolorosa: la falta de escucha real, el estigma social, y la escasez de espacios de contención.
No se trata de una «crisis individual», se trata de un problema estructural. Un sistema educativo que no enseña a gestionar emociones, redes sociales que generan comparaciones constantes, exigencias que aplastan, adultos que minimizan con frases como “son cosas de chicos”. Todo eso también enferma. La salud mental juvenil no puede ser un tema de segundo plano.
Necesitamos más centros de atención accesibles, psicólogos en las escuelas, campañas de prevención, líneas de ayuda que funcionen, y sobre todo: adultos que escuchen sin juzgar. Necesitamos comunidades que acompañen, no que señalen. Porque lo que muchos jóvenes necesitan no es una solución mágica, sino alguien que no les suelte la mano.
Cuidar la salud mental de las juventudes es cuidar el presente y el futuro. Es romper el silencio, hablar del dolor sin miedo y, sobre todo, reconocer que pedir ayuda no es debilidad: es coraje.










